Buenos tiempos para la lírica

Se da el caso, en ciertas profesiones, de buscar unos códigos que cierren herméticamente su conocimiento a los no iniciados. Estas barreras se sirven de un vocabulario propio y enrevesado que dificulta sobre manera a los neófitos, cualquier posible comprensión del tema en cuestión. Seguro que se les ocurren muchos ejemplos en materias tan diversas como la medicina, el derecho o la mecánica.

No es tanto que el común de los mortales no estemos hechos para adquirir tales conocimientos, sino de que no descubramos sus trucos de prestidigitador. No vaya a ser que averiguemos que no son enciclopedias vivientes y que hay muchas cosas que no saben o, tan malo como lo anterior, que dicho léxico sólo vale para engordar nuestra factura a pagar.

Por desgracia el mundo del vino no es ajeno a esta lacra donde prima el continente sobre el contenido. Y, aquí, culpables somos todos, desde el consumidor que, ante tanta oferta y tanta desinformación, acaba eligiendo la botella por su suntuosa etiqueta, al bodeguero que decidió gastarse más y, por tanto, darle más importancia a una botella de vidrio oscuro y pesado que al kilo de uva que compró para elaborar su vino.

Tampoco nos libramos quienes escribimos sobre esta fascinante bebida, me refiero a quienes confunden el sentido que deben tener los descriptores en la cata de un vino, con la pedantería. Mochilo, plátano con mochila protagonista de la serie de dibujos "Los Fruitis"

Reconozco que algunos, los menos, escriben bien. Hacen uso de un buen léxico y les quedan bonitos los textos. Eso sí, nunca son críticos con nada, ni la colonia que miccionan la echan fuera del tiesto. Viven en su mundo de hipérboles, prosopopeyas y circunloquios. Pero por desgracia a esta corriente de apariencia inocua se suman muchos más que, sin remordimiento alguno, imitan el “postureo” y abusan de términos como caldo o maridaje y tan orgullosos que se muestran.

Los descriptores del vino

Aunque se tienda a decir de un vino que tiene sabor a fresas, los sabores son cuatro, dulce, salado, amargo y ácido (quien quiera que añada umami como quinto sabor, no discutamos). Así que es el aroma a fresas lo que percibimos. De hecho, se trata de un compuesto químico con nombre difícil de recordar, en el caso del ejemplo de las fresas, isobutirato de etilo, ni más ni menos. Les pongo otro supuesto, si dijéramos que un vino tiene claros aromas de acetato isoamilo, prácticamente nadie sabría de lo que estamos hablando, sin embargo si decimos plátano todo el mundo nos entenderá. De ahí que utilicemos estos descriptores a la hora de contar la paleta organoléptica de un vino.

Al fin y al cabo, el sentido de todo lenguaje es que el receptor pueda comprender el mensaje codificado por el emisor. Por desgracia, en el mundo del vino hay mucha gente más interesada en su propia pedantería. Petulantes que buscan descripciones enrevesadas, como por ejemplo decir “durazno de final de temporada” en vez de melocotón maduro. Escritores frustrados con ínfulas de pertenecer al parnaso de los poetas del Siglo de Oro o, cuando menos, a la Real Academia de la Lengua. Gente que se auto denomina “gran amante del vino” y sólo son grandes amantes de sí mismos.Súper ratón

Lo peor es que, tan encantados como se encuentran de escucharse, consiguen poner de moda términos gracias a repetirlos hasta la saciedad y, si no, recuerden cómo hace años todos los vinos patrios debían oler a sotobosque, o a monte bajo para estar buenos, al igual que hoy en día han de dejar patente su profunda mineralidad. Será que les influenció mucho las palabras con las que finalizaba cada episodio Súper Ratón “no olviden super vitaminarse y mineralizarse”, pues eso.

Y todo esto mientras uno lleva años tratando de descubrir a otros, pese a estas injerencias, los placeres de esta maravillosa bebida. Permítanme que lo ejemplifique con una conversación inventada, pero que podría ser muy real:

– Que sí, que huele a vino, ¿pero no te “sabe” a piruleta? Son notas de cereza.
– Eso es porque le han echado algo. Al vino se le echan cosas, si no, ¿de qué va a saber a cereza o a mermelada de frambuesa?
– Que no, que no, que no se le añade nada.
– ¡Pues a mí éste me sabe a plátano!
– Eee… (¡mierda de levaduras foráneas). Esto… sigamos con el tinto, ¿a qué te huele?, no te preocupes di lo primero que se te venga a la mente.
– Me sabe a sotobosque, empireumáticos. ¡Ah! y a mucha mineralidad.

El daño está hecho y cada vez más gente alejada de este mundo del vino, cuyo disfrute no es tan complicado como algunos se empeñan en hacernos creer.

2 Comments

  • JUAN dice:

    Toda la razón Sr.Alconero. La importancia en la lírica y lectura del vino es grande y alejarse del “postureo” es esencial para acercarse más a lo que de verdad significa el Vino.

    Le invito a visitar las redes de un Sr., mi abuelo, que con pasión hacia el vino escribe y maravilla lejos de inventarse palabras o conceptos.
    https://www.facebook.com/rincondelacautiva/
    Un saludo!

    • Lorenzo Alconero dice:

      Muchas gracias Juan.

      Felicite a su abuelo de nuestra parte, vamos en el mismo barco en cuanto mostrar el vino tal cual es, sin más.

      Quizás algún día os podamos hacer alguna visita por Almería.

      Un cordial saludo.

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