Tenerife, el Valle de la Orotava y Suertes del Marqués

By 4 septiembre, 2017 Enoturismo 4 Comments

Hay lugares en los que, nada más llegar, por la razón que sea, uno empieza a sentirse mejor. Se desvanecen los habituales dolores de cabeza. Se aleja el mal humor. Se diluye la malicia y desaparece la ansiedad. Lugares en los que se respira profundamente y se deja atrás la sombra del individuo borde y malhumorado que, como si de un pesado sayo se tratara, muchos arrastramos a diario. Tenerife es uno de esos lugares. Hoy les invitamos a conocer con nosotros el Valle de la Orotava y la bodega Suertes del Marqués, en el norte de la isla.

No importa tardar demasiado en la cola de los mostradores de facturación y que, al llegar por fin, esa ingeniosa manifestación de la imaginación de satanás llamada overbooking, overselling o, para entendernos, sobre-venta del demonio, te deje en vilo. No importa tener que correr como un enfermo mental hacia la puerta de embarque para, al final, ser de los afortunados -y asfixiados- que finalmente logran embarcar. Tampoco importa quedarse pasmado en el aeropuerto de destino con cara de estúpido, mirando la cinta, ya vacía, en la que debía estar tu equipaje. No importa que el GPS del vehículo de alquiler tenga el día inspirado y te diga cosas como “describa un ángulo agudo y continúe”, para terminar llevándote, erróneamente, a un muy empinado camino de monte por el que sólo pueden transitar algunas cabras muy entrenadas y, por lo que pudimos comprobar y contra todo pronóstico, el vehículo de alquiler. Nada importa. Llegar a Tenerife es, para el que esto suscribe, empezar a sonreir.

Un paraíso emergido.

Hace aproximadamente sesenta millones de años, las placas tectónicas africana y euro-asiática colisionaron. La presión derivada del choque creó fracturas en el fondo oceánico por las que comenzó a brotar magma. Lentamente, durante millones de años, se fueron acumulando materiales volcánicos sobre el fondo del mar. Las continuas erupciones submarinas fueron construyendo el primitivo edificio insular de la isla de Tenerife bajo el océano hasta que, hace unos seis millones de años, tras formarse un inmensa pirámide sumergida de unos cuatro mil metros, todo ese material acumulado empezó a emerger de las aguas.

Con una parte de la primitiva isla emergida, las erupciones continuaron y la  acumulación de materiales volcánicos en la zona central llegó a formar una inestable montaña de unos 5.000 metros de altitud, que fue desmantelándose poco a poco por arrastre gravitacional -aquellos desprendimientos de rocas debieron ser espectaculares-. De esos grandes deslizamientos surgió, inicialmente, hace unos 700.000 años, el Valle de Güímar, al Sur de la isla y, hace unos 500.000 años, el protagonista de nuestro artículo de hoy, El Valle de la Orotava, situado al norte de la isla.

Sesenta millones de años no son nada en tiempo geológico, pero son suficientes para crear una isla tan espectacular como Tenerife. Fotografía: Enoarquía.com

El Valle de la Orotava

Sesenta millones de años después, lo único que tenemos que hacer para llegar al verde e imponente Valle de la Orotava desde el Aeropuerto Tenerife Norte-Los Rodeos -siempre y cuando el GPS no se ponga juguetón- es recorrer poco más de veinte kilómetros por la autopista TF-5 en dirección al Puerto de la Cruz. Una vez superemos el escarpe -declive brusco del terreno- de Santa Úrsula, cobrará total protagonismo en el “cinemascope” del parabrisas del coche, el espectáculo de la depresión en pendiente del Valle de la Orotava, que se extiende entre Santa Úrsula al este y Tigaiga al oeste y de arriba abajo desde el Parque Natural de la Corona forestal, a unos 1.500 metros de altitud, hasta el nivel del mar en El Puerto de la Cruz.

Llegando al Valle de la orotava. Fotografía de secrettenerife.co.uk

Lo primero que llama la atención a un ojo entrenado en esto de la afición o adicción al mundo del vino, son las empinadas laderas -aunque por allí, para los lugareños, esas laderas no tienen nada de empinado- por las que discurren, ya sea de arriba hacia abajo o de forma lateral, una curiosa especie de ramas largas cuyo verdor -siempre y cuando no visitemos la isla en época de agostamiento o de poda- se extiende en hileras de varios metros de largo.

El cordón trenzado.

Al acercarnos a una de esas laderas plagadas de extrañas hileras verdes, nos daremos cuenta de que no son otra cosa que vides dispuestas en un extraño -y único en el mundo- sistema de conducción, ancestral y muy peculiar, denominado cordón trenzado, también conocido como cordón tendido o sistema en rastras. En este sistema, la vid se conduce formando largas parras de sarmientos entrelazados -para hacernos una idea, más o menos como las trenzas de Pipi Calzaslargas pero a lo bestia- entre sí. En estas largas trenzas, que pueden llegar a superar los diez metros de longitud, se entremezcla madera de varios años, que se ata con fibras naturales o artificiales y se sujeta a unos cincuenta centímetros de altura gracias a unas horquetas que se clavan en el suelo y se sitúan de forma equidistante, alrededor de un metro cada una.

Los cordones pueden ser simples -un sólo cordón por cepa-, o dobles, que pueden estar dispuestos en forma de “v” o con los dos brazos colocados en sentido contrario. La orientación depende de varios factores, pero generalmente y siempre y cuando el terreno  lo permita, los cordones están orientados de norte a sur. El tronco hacia el norte, al océano atlántico, y la punta hacia el sur, cuesta arriba, mirando al pico del Teide. En los cordones dobles con los brazos situados en orientaciones opuestas, una punta mira hacia el sur y la otra hacia el norte. Como dato curioso, es conocido entre los viticultores de la zona que los brazos que miran al Teide -sur- dan más uva que los que miran al océano -norte-. En cuanto al marco de plantación, no existen unas medidas estandarizadas pero, generalizando otra vez, podemos decir que la distancia media entre cordones es de alrededor de un metro y la de los pasillos de entre uno y tres metros. En lo que se refiere a la longitud de los cordones, esta es mayor para las variedades blancas -siete metros de media- que para las variedades tintas -cinco metros y medio-. Una de las características más inverosímiles del cordón trenzado es que resulta posible mover los brazos de sitio para llevar a cabo el mantenimiento del suelo o para realizar la plantación de algún cultivo asociado a la vid, ya que todavía se pueden encontrar vides en cordón coligadas al cultivo de patatas. Imaginense lo que debe ser mover un brazo de diez metros de longitud y cambiarlo de sitio…

Largos cordones trenzados fotografiados en la parcela Hacienda las Cañas de Suertes del Marqués. Fotografía: Enoarquía.com

El origen de este distintivo sistema de conducción se pierde “en la noche de los tiempos” ya que, actualmente, no disponemos de datos históricos que faciliten su datación o aclaren el porqué de su utilización. Algunas de las teorías se centran en que el procedimiento deja terreno libre y permite el uso asociado con otros cultivos -generalmente patatas-. Otras especulan con que su fundamento se encuentra en la época dorada del vino de malvasía -segunda mitad del siglo XVII-, ya que esta variedad no es productiva en los primeros pulgares, por lo que es necesario alargar la poda para obtener una buena producción. Sea como fuere, el dato fundamental a tener en cuenta es que se trata de una práctica única en el mundo.

La denominación de origen.

La Denominación de Origen Valle de la Orotava fue reconocida el 29 de diciembre de 1994. Comprende los municipios de Los Realejos, Puerto de la Cruz y La Orotava. Entre sus características principales, cabe destacar el suave clima templado, en el que la llamada “panza de burro” -acumulación de nubes a baja altura- que tiene su origen en el efecto Föhn provocado por la interposición del Teide frente a los vientos alisios, es determinante. La citada “panza” actúa como pantalla solar, humedece y refresca el ambiente y favorece una maduración lenta y delicada de las uvas. Otro de sus atributos distintivos es el de su sistema de conducción, el cordón trenzado, del que ya hemos hablado con anterioridad. También hay que destacar los suelos, obviamente de origen volcánico, en general fértiles, ligeros, permeables, con buena estructura y fáciles de trabajar. Si bien las características anteriormente enumeradas procuran un marco suficientemente diferenciador creemos que, junto con el sistema de conducción, el elemento distintivo más importante de la zona es el de sus variedades de uva.

La “panza de burro” sobre el norte de Tenerife. Fotografía: Enoarquía.com

La situación geográfica de las Islas Canarias y su histórica e importante tradición vitivinícola ha propiciado que, al encontrarnos ante uno de los escasos territorios no filoxerados -libres de filoxera- del mundo, hayan sobrevivido al paso del tiempo un buen número de variedades -y también clones- cultivadas tradicionalmente y a pie franco -sin necesidad de injertos resistentes a la filoxera- que son exclusivas a nivel mundial. Entre las variedades blancas presentes en el Valle de la Orotava destacaremos: Albillo criollo, Bermejuela o Marmajuelo, Forastera blanca, Doradilla, Gual, Malvasía Aromática y Malvasía Volcánica. Entre las tintas: Castellana Negra, Listán Negro o Almuñeco, Malvasía Rosada y Baboso negro. La paleobotánica Ellie Sattler -Laura Dern- de la película Parque Jurásico, se lo pasaría muy bien entre los viñedos del valle, gritando a diestro y siniestro: “¡Pero… si estas variedades estaban extinguidas!”.

Nosotros, que llevamos visitando el norte de la isla de Tenerife desde principios de los años noventa, hemos sido testigos del nacimiento y evolución de la denominación de origen y recordamos los primeros pasos con marcas como Tafuriaste, El Montijo o Viña Taoro, que empezaban a enseñar las posibilidades de la zona, o los posteriores Tajinaste, Gran Theyda, el delicioso Maceración Carbónica de Bodegas de Miranda y el serio Arautava -ambos de Bodegas El Penitente-, hasta que un día se cruzó en nuestro camino la bodega que marcó, según nuestro parecer, el antes y el después de la denominación. Una bodega pionera que empezó elaborando, con mucha valentía,  vinos parcelarios y de guarda en una zona y con unas uvas que, en principio, se suponían aptas tan sólo para vinos de maceración carbónica, rosados o “jóvenes afrutados” con poca crianza.

Suertes del Marqués.

Continuamos nuestro camino por la Autopista del Norte-TF-5 -ignorando los simpáticos desvaríos del GPS, que se empeña en sacarnos de la carretera y enviarnos a otro camino apto para cabras escaladoras-, tomamos la salida 33 a La Orotava y allí hacemos una larga parada porque la localidad bien lo merece. Después de disfrutar de las vistas desde el mirador de Humboldt, perdernos un rato por los Jardines del Marquesado, el Liceo Taoro o el Convento de San Agustín -por poner algunos ejemplos-, continuamos nuestro trayecto atravesando La Orotava cuesta arriba hasta encontrar la calle Salazar. Una vez superada una desconcertante rotonda -o algo parecido-, salimos de la ciudad por la TF-324 en dirección San Antonio-Los Realejos y, poco antes de llegar a La Perdoma, nos topamos con la espectacular finca propiedad de la bodega Suertes del Marqués.

Mapa de la finca de Suertes del Marqués con sus diferentes parcelas. Fuente: Google Earth. Editado por Enoarquía.com

Tras dejar el coche en el camino que separa la parcelas Hacienda Las Cañas de la Solana y el Barranco, a unos 350 metros sobre el nivel del mar, y poner los pies en tierra, somos conscientes de que estamos ante unos viñedos situados en un entorno espectacular. Nos encontramos en la zona denominada de medianías, una franja agrícola situada entre los 300 metros -medianía baja- y los 900 metros -medianía alta-. La imponente finca, de unas once hectáreas, se distribuye en una larga y estrecha lengua, que va desde los 300 metros de Hacienda Las Cañas hasta los 720 de Las Mercedes, y está dividida en varias parcelas con diferentes orientaciones y suelos.

Las variedades predominantes en la finca son la listán negro -un posible cruce espontáneo entre negramoll y listán blanco- y la listán blanco -palomino fino-; muchas de las cepas rondan los cien años de edad y están cultivadas mayoritariamente en cordón trenzado y, gracias a la ausencia de filoxera, a pie franco. También hay otras variedades como vijariego negro -sumoll según microsatélites-, baboso negro -cuyos microsatélites coinciden con los de la variedad albarín negro conservada en el Banco de Germoplasma de Vid de El Encín-, tintilla -maturana tinta según microsatélites-, pedro ximénez y albillo criollo.

El tronco de unos de los impresionantes cordones trenzados de Suertes del Marqués. Hay que tener en cuenta que las vides están plantadas a pie franco. Fotografía: Enoarquía.com

Ascendiendo con el coche por el empinado camino que separa las parcelas La Solana y El Barranco y observando lo imponentes que resultan ambas y su pronunciada inclinación -una pendiente del 25% no es ninguna tontería-, se puede imaginar el porqué, hace once años, la familia García Lima decidió dedicarse a elaborar vino con las uvas de su finca en lugar de venderlas a terceros. Para ello construyeron una pequeña bodega, que hoy en día necesita con urgencia una ampliación -para la que parece que al fin, después de tres años, van disponer de la necesaria licencia-, y se atrevieron a lanzar sus propios vinos.

En el año 2008 llegó a la bodega, como asesor, el enólogo tinerfeño Roberto Santana y la finca se reconvirtió a una viticultura natural, sin herbicidas ni tratamientos sistémicos -siempre y cuando no sean imprescindibles para evitar la muerte de las viñas-. En todas las parcelas se observa una cubierta vegetal permanente -una gran herramienta para equilibrar el vigor de las cepas con su rendimiento y mejorar la calidad de la producción- que se desbroza periódicamente.  En la actualidad, tras la salida de Roberto Santana en mayo de 2016, es el enólogo Portugués Luis Seabra el responsable de las decisiones técnicas. Como bodeguera y asistente de la dirección técnica se encuentra la enóloga tinerfeña Loles Pérez Martín. Como responsable máximo de la bodega continúa Jonatan García Lima, que se encarga de la gestión diaria del viñedo y de los vinos y comparte la toma de decisiones técnicas con Luis Seabra.

El acceso a la finca. Esa cuesta no es nada empinada en comparación con las siguientes. Fotografía: Enoarquía.com

Continuamos el ascenso por las cada vez más acusadas pendientes de la finca y llegamos a la bodega, situada a unos 500 metros sobre el nivel del mar. En la pequeña instalación se amontonan los depósitos de acero en los que se realizan los ensamblajes de algunos de los vinos, entremezclados con los fudres de 500 litros de roble francés para la crianza. En otra estancia se concentran los depósitos de hormigón sin revestimiento, que favorecen una gran estabilidad térmica en las vinificaciones. Frente a ellos y a escasa distancia, otra vez los fudres en los que se crían los vinos. Viendo el escaso espacio disponible resulta obvio el hastío con el que Jonatan García espera, después de tres años, la ansiada licencia que les permita construir una nueva nave adyacente.

Al margen de las 11 hectáreas de las que la familia es propietaria, Suertes del Marqués trabaja con otras 16 de varios viticultores del Valle de la Orotava. Uno de los frutos de todas esas hectáreas es el tinto “básico” de la bodega, 7 Fuentes, compuesto de listán negro (90%) y tintilla (10%); una mezcla de muchas parcelas que la propia bodega denomina “vino de villa”, en lo que sería un concepto similar al de los villages borgoñones. 7 Fuentes es un “básico” extraordinario de los que hacen los grandes, capaz de mostrar de forma introductoria la calidad y potencial del material con el que trabaja la bodega. Un regalo de gran calidad a 11,50 euros, teniendo en cuenta que es el resultado de hasta veinticinco vinificaciones diferentes. Siguiendo con los vinos de villa, encontramos también el algo más refinado El Lance (vijariego negro, tintilla, listán negro, baboso negro y malvasía rosada) y Medianías ( 55% listán negro, 30% vijariego negro y 15% tintilla.)

Depósitos de cemento a la derecha, fudres a la izquierda. Fotografía: Enoarquía.com

En el lado de los blancos, el “básico”, también denominado “vino de villa”, es el Trenzado, un coupage de listán blanco (90)%, de Pedro Ximénez (6%) y el denominado “vidueño”  -viñedos con variedades autóctonas mezcladas como marmarjuelo, gual, vijariego blanco, verdello y baboso blanco- (4%). Otro regalo, hijo de muchas parcelas, a 15,50 euros.

Procedente de tres parcelas de la propiedad -El Barranco, La Solana y El Ciruelo- nos encontramos con el otro blanco de la casa, el muy refinado y sabroso Vidonia (100% listán blanco), cuya añada 2014 ocupó el tercer puesto entre nuestros 20 vinos favoritos del año 2016.

En el capítulo de los vinos parcelarios, tenemos el perfumado La Solana (100% listán negro), el señorial Candio (100% listán negro), el ligeramente asilvestrado El Esquilón -nuestra debilidad- (70% listán negro, 30% tintilla), una de las últimas incorporaciones, el redondo El Chibirique -que nos ha parecido una auténtica maravilla- (100% listán negro), el sutil El Ciruelo (97% listán negro, 3% listán blanco.) y el seductor Los Pasitos (100% baboso negro).

La cosa no se queda ahí, porque también se atreven con los vinos dulces con el muy interesante y escasísimo -nos gustó mucho- Blanco Dulce (listán blanco y malvasía aromática) y el Tinto Dulce -listán negro y baboso negro- que todavía no hemos tenido la suerte de probar.

Nueve de los trece vinos de Suertes del Marqués.

Conclusiones.

Si usted, apreciado lector, todavía no ha probado vinos de carácter volcánico, le recomendamos encarecidamente que se inicie en este mundo con el tinto 7 Fuentes. Así podrá conocer esos toques de fósforo, azufre, ceniza e incienso tan característicos. Después, le exhortamos para que continúe con el resto de vinos de la casa, deteniéndose con interés en los parcelarios porque, si bien todos comparten unas características volcánicas comunes, son capaces de reflejar las diferencias -a veces muy pronunciadas- entre parcelas que, en ocasiones, se encuentran prácticamente pegadas. Eso es lo más hermoso; esas diferencias -a veces sutiles a veces acusadas- entre parcelas muy cercanas que comparten una misma variedad.

Continuamos nuestro ascenso por la finca, que en las partes más altas amenaza con inclinaciones de más del 35% y hay que coger carrerilla para que el coche pueda subir, hasta llegar a la parte más alta. Allí observamos cómo la capa arcillosa rica en hierro deja paso a la roca negra basáltica y recordamos lo que escribió el jesuita andaluz Matías Sánchez en 1754: “Lo más que me admiro es que estando las vides en muchas partes sobre risco, con tres o cuatro dedos de tierra, produzcan tan generoso licor. Vi por mis ojos que por las junturas y aún las rendijas del risco iban profundizándose las raíces hasta alguna tierra que encuentran a tres y cuatro varas de profundidad”.

Como diría -casi- Grace Jones en la película de James Bond de 1985: “Bonito panorama… para beber”. Fotografía: Enoarquía.com

Finalizamos ya este -otra vez- extenso reportaje, recordando que allá arriba, a más de 700 metros de altitud, disfrutando de las asombrosas vistas del valle y el océano, la suave brisa traía aromas muy similares a los que se pueden encontrar en una copa de vino de Suertes del Marqués. Esa magia, la de encerrar un lugar de origen en una botella, es la de las personas que vieron el potencial de la zona y, con valor, abandonaron la anodina senda de los vinos rosados y los tintos jóvenes afrutados sin personalidad, para embarcarse en la locura de hacer vinos de parcela -y de guarda- en el Valle de la Orotava.

Nota: La imagen de cabecera de este artículo es de Lobo Estepario.

4 Comments

  • Frasier dice:

    Güímar
    :^)

    (es un cumplido, créame)

  • Vicente Vida dice:

    Hola Carlos
    ¡Qué buen viaje os habéis dado! Aparte de ponerme los dientes muy largos, me ha encantado leerlo.
    Sentí mucho la marcha de Roberto Santana de Suertes del Marqués, aunque gracias a eso ha podido dedicarse plenamente a Envínate, que como bien sabes también hacen unos magníficos vinos en la zona, aunque no amparados por la DO. Tanto Taganán Tinto, cómo Parcela Margalagua son vinos que me encantan, aunque me gusta beberlos al menos un par de años después de su salida al mercado.
    Los vinos de Jonatan me encantan, en especial Candio, que descubrí hace unos seis años en una cata de La Despeña. Voy procurándome cada añada que sale dos o tres botellas y he tenido la oportunidad de probarlo con años. Envejece muy bien y gana tremendamente en complejidad y suavidad. Siete Fuentes, como muy bien dices es un regalo para el bolsillo, pero sobre todo para el paladar. Es una suerte que Jonatan esté haciendo un magnífico trabajo para hacer conocer sus vinos y nos lleguen con facilidad. Por desgracia, las otras bodegas que has citado son bastante difíciles de conseguir.
    Aún falta para que apreciemos el trabajo de Luis Seabra, pero lo que ha hecho en Douro es, sin duda una garantía.
    Un abrazo. Comparto.
    Vicente Vida

    • Carlos.M.I dice:

      Cada añada que pasa, los vinos de Suertes resultan más inmediatos sin dejar de ser productos que agradecen y necesitan un tiempo de guarda. A mí me gusta mucho la evolución de Trenzado y Vidonia, que se transforman lentamente en algo que se en algún caso se podría llegar a confundir con un palomino de Jerez.
      Lo más interesante es que nadie o casi nadie pensaba, hace poco más de una década, que fuera posible que los vinos de la zona fueran capaces de envejecer bien. Ya se han encargado en Suertes de romper esas ideas preconcebidas.
      Gracias por leernos y por escribirnos.

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