Lorenzo Alconero — 27/01/2017
Se da el caso, en ciertas profesiones, de buscar unos códigos que cierren herméticamente su conocimiento a los no iniciados. Estas barreras se sirven de un vocabulario propio y enrevesado que dificulta sobre manera a los neófitos, cualquier posible comprensión del tema en cuestión. Seguro que se les ocurren muchos ejemplos en materias tan diversas como la medicina, el derecho o la mecánica.
No es tanto que el común de los mortales no estemos hechos para adquirir tales conocimientos, sino de que no descubramos sus trucos de prestidigitador. No vaya a ser que averiguemos que no son enciclopedias vivientes y que hay muchas cosas que no saben o, tan malo como lo anterior, que dicho léxico sólo vale para engordar nuestra factura a pagar. Por desgracia el mundo del vino no es ajeno a esta lacra donde prima el continente sobre el contenido. Y, aquí, culpables somos todos, desde el consumidor que, ante tanta oferta y tanta desinformación, acaba eligiendo la botella por su suntuosa etiqueta, al bodeguero que decidió gastarse más y, por tanto, darle más importancia a una botella de vidrio oscuro y pesado que al kilo de uva que compró para elaborar su vino. Tampoco nos libramos quienes escribimos sobre esta fascinante bebida, me refiero a quienes confunden el sentido que deben tener los descriptores en la cata de un vino, con la pedantería. Reconozco que algunos, los menos, escriben bien. Hacen uso de un buen léxico y les quedan bonitos los textos. Eso sí, nunca son críticos con nada, ni la colonia que miccionan la echan fuera del tiesto. Viven en su mundo de hipérboles, prosopopeyas y circunloquios. Pero por desgracia a esta corriente de apariencia inocua se suman muchos más que, sin remordimiento alguno, imitan el postureo y abusan de términos como caldo o maridaje y tan orgullosos que se muestran.- Que sí, que huele a vino, ¿pero no te sabe a piruleta? Son notas de cereza. - Eso es porque le han echado algo. Al vino se le echan cosas, si no, ¿de qué va a saber a cereza o a mermelada de frambuesa? - Que no, que no, que no se le añade nada. - ¡Pues a mí éste me sabe a plátano! - Eee (¡mierda de levaduras foráneas). Esto... sigamos con el tinto, ¿a qué te huele?, no te preocupes di lo primero que se te venga a la mente. - Me sabe a sotobosque, empireumáticos. ¡Ah! y a mucha mineralidad.El daño está hecho y cada vez más gente alejada de este mundo del vino, cuyo disfrute no es tan complicado como algunos se empeñan en hacernos creer.