Lorenzo Alconero — 03/04/2013
Uno de los muchos defectos que suelen afectar a aquellos que llegan al poder o a la riqueza, de improviso, es su necesidad imperiosa por aparentar. Su máximo deseo queda reflejado en la ostentación. El mundo del vino también sabe de estos nuevos ricos, gente ajena al campo, cuyo principal interés es ver su apellido en la etiqueta o en una bodega moderna, diseñada por un arquitecto de fama y renombre. Otros, sin embargo, dejan que el vino hable por ellos, que transmita su origen.
A mi entender este es el caso de Méo-Camuzet , quizá su acercamiento al vino se basase más en las vinculaciones familiares con la política y las esferas del poder, puede que simplemente fuesen compilando tierras (algunas de las mejores, eso sí) con el único afán de poseer. Lo cierto es que cuando miraron hacia su patrimonio, a sus tierras, lo supieron hacer muy bien al confiar muchos de sus pagos a Henry Jayer y buscar que fuese el terroir el que mostrase todo su potencial.
A día de hoy, el domaine Méo-Camuzet es uno de los más reputados de toda la Borgoña y cuenta, tal como decía, con alguno de los principales crus de la Côte dOr.
Los orígenes
Etienne Camuzet, alcalde de Vosne durante muchos años, fue quien creó el domaine y quien compró Clos Vougeot en 1920 para acabar cediéndolo a la Confrérie des Chevaliers du Tastevin en 1945, poco antes de morir. También fue Etienne quien encarga el cuidado de algunos de sus pagos a Henri Jayer , más concretamente los de Richebourg, Brulées y el famosísimo Clos Parantoux. Su herencia pasó a manos de su única hija, quien falleció sin descendencia, por lo que las propiedades acaban en manos de su sobrino Jean Méo, a quien se debe el nombre actual de la bodega. Pero Jean también, más ocupado en la política que en los quehaceres del campo, pide a Jayer que se ocupe él de todas sus viñas. Todo un acierto viendo el enorme talento de Jayer para aunar la tradición con la modernidad. En su día fue visto como un revolucionario que supo sacar ventaja de los avances técnicos para plasmar su visión, hoy nos referimos a él y a su legado como clásicos.
A Jean le siguió su hijo Jean Nicolás, el primero de la saga en volver la vista al viñedo. Coincide además la jubilación de varios de los viticultores que tenían arrendadas las viñas, por lo que estas vuelven a estar en poder del domaine. Una situación de arrendamientos que nos permite diferenciar las dos líneas de vinos que elaboran, los vinos propios del domaine Meo-Camuzet, distinguidos por su etiqueta con letras negras y sus vinos de négociant, bajo el nombre de Méo-Camuzet Frère & Surs, con su etiquetas con las letras en rojo.
Gracias a nuestros admirados amigos de La Tintorería Vinoteca tuvimos la oportunidad de adentrarnos en la añada de 2010, un año bastante difícil, ya desde casi sus inicios debido al corrimiento durante la floración, lo que redujo considerablemente el número de racimos y el tamaño de las bayas; más tarde con lluvias durante el mes de agosto, que también afectaron durante el comienzo de la vendimia y penalizando, como casi siempre, a aquellos viticultores más medrosos a la hora de esperar una mayor maduración de la uva. En definitiva, a nuestro modo de ver, una añada complicada, con una acidez que le acercaría al clasicismo de un 2008, aunque con un estilo más próximo a 2005, aunque claro, sin tanta concentración.
La cata
Color frambuesa. A copa parada ya es una apoteosis de fruta roja, cereza; en movimiento se potencian dichos aromas. En boca es algo astringente, encorsetado por la madera, necesita pulir unos taninos que denotan demasiado protagonismo de la barrica. Lo resumiría como fruta en nariz, madera en boca.
Difícil no compararlo con el vino anterior, sus aromas son más sutiles, más fino, aunque se confunda con un carácter más callado. En boca sigue mostrándose algo mudo, pero pese a todo denota su sedosidad.
Color cereza roja. A copa parada no me habla, en movimiento tampoco, calla, nada y súbitamente ¡Medicinas! ¡Linimento! ¡Cómo nos gustan estas sorpresas que nos ofrece el vino! En boca es largo, potente, poderoso, lo que entendemos por un vino masculino.
Color cereza oscura, sin llegar ni mucho menos a picota. Copa parada, vino parado, en movimiento... sutileza. Muy grato en boca, de paso sedoso, deja un final algo terroso. Muestra una evolución hacia un vino complejo, largo, hasta este momento el mejor de la cata. Vino de un gran equilibrio. Por lo visto, Nuits-Saint Georges será una de las mejores apelaciones en esta añada de 2010.
Color cereza con un brillo muy bonito. Sus aromas son frutales, florales, profundos. En boca, entra solo y lo hace para quedarse, no se va. Grandísimo equilibrio entre la acidez y los azúcares. Su evolución anticipa una gran complejidad y largura, se trata de un vino redondo. Bueno, bueno.
Color cercano al picota. Los aromas reconozco no ser capaz de definirlos, dentro de una gran finura y elegancia. En boca muestra el porqué de ser un Grand Cru, largo, complejo y muy persistente. Delicado y fino, a la par que concentrado e intenso.
Nada mejor para tratar de no despertar de una cata de ensueño.
Gracias, una vez más a la gente de La Tintorería y en especial a César, por seguir enseñándonos tanto.