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No estábamos muertos, que estábamos de parranda

Lorenzo Alconero — 05/10/2016

En la Enoarquía somos como medusas en un mar vínico, arrastradas por los vaivenes del oleaje vital de cada uno de nosotros. Tan pronto escribimos, tan pronto dejamos de hacerlo. Entes similares al nuestro claman y proclaman que lo dejan, que abandonan, que esto ya no es lo que era, aunque luego vuelvan, (si es que alguna vez se fueron). Otros mutan o se reinventan. Nosotros no, nosotros holgazaneamos sin más y de ahí que no escribamos tanto como sería de desear. Cada miembro de esta web podrá aducir sus propias tormentas y fuertes marejadas para no escribir con mayor profusión o, por contra, los periodos de calma chicha que les imposibiliten toda acción. En mi caso les diré que hace unos meses me despojé de mis últimos 12 años de vida profesional y, por si esto fuera poco, me descubrí casi convertido en lo que nunca quise ser, un coleccionista de vinos. Como lo primero dudo que les interese, les contaré lo segundo. Todo cobró sentido el día que me vi ante un carrito de esos de tienda online (que, para ser carro de la compra, ni tan siquiera llevan una hoja de lechuga encima), por un montante a pagar de unos mil euros. Antes de que me apoden el "mileurista del vino" (que luego no quiero problemas legales con Mileurismo Gourmet , por aquello de derecho de imagen o lo que sea), les diré que espantado de mí mismo, nunca llegué a realizar tal compra. Pero pasé mucho tiempo contemplándola, a ver si le encontraba explicación. Llegué a una conclusión: el carrito estaba bien; el que no lo estaba era yo. Apenas había botellas que pensase en abrir según llegasen, la mayoría eran para... pásmense, para guardar. Pongamos que tengo unas 150 botellas, ¿se creerán que me cuesta encontrar una que abrir en un día cualquiera? La mayoría de las ocasiones me engaño diciendo que aún no ha llegado su hora, o que no compartirlas es como ir al cine solo, o simplemente me intimida su precio. Sí, como lo leen, me puedo gastar más de cien euros en una botella y tan feliz. Mi dinero, que ni se come ni se bebe, transmuta en algo mágico, ¡una botella de vino! Pero en el momento en que la descorche, me tendré que enfrentar a que no cumpla las expectativas y a la pérdida de mi "poder" adquisitivo. Las vivencias, los recuerdos, las memorias que proporcionan los grandes vinos pueden ser eternas, pero pensar que todo eso está garantizado en una botella, dado su precio, prestigio o puntuaciones y galardones varios es, sencillamente, mentira. Así que para no reconocer mi fracaso al haber elegido mal, prefería no abrir ninguna. Dicen que la vida es para valientes y, si renuncié a la estabilidad de un empleo fijo con un sueldo suficiente para caprichos, no me achantaré ahora. Así que me beberé mi bodega sin miramientos, y sacaré a la luz textos que, por los motivos que fueran, no se publicaron en su momento. Sírvanse un vino y acompáñennos.