El Viejo, el Viento y el Vino

The Gust of Wind, obra pictórica de Jean François Millet

Hace seis días se había despedido de Chato, su mejor compañía, su último amigo. Alguien a quien hablar, con quien ir a la huerta por las mañanas y pasear por el viñedo hasta el atardecer. Alguien que le había sido fiel, cuando a los que no les dio por abandonar el pueblo, les dio por morirse. Chato, ahora, formaba parte de estos últimos. Y a él, a sus 90 años, le había tocado enterrarle. El difunto era un perrazo mezcla de mastín y lobo, con calvas en el lomo, cicatrices de correrías de mocedad y una otrora boca amurallada, desvencijada ahora por el paso del tiempo. ¡Hasta eso tenían en común!

Desde la ausencia del can sentía haber envejecido de golpe; apenas conciliaba el sueño y si los días no parecían terminar nunca, las noches no tenían fin. Creyó que al séptimo día descansaría, pero la noche previa el viento le llamó, como si quisiese que le acompañase a los cerros. Primero, al repiquetear las contraventanas de madera, después, golpeándolas con apresurada insistencia. Cerró los ojos y confío en un nuevo amanecer.

Pero no todos los días sale el sol o, al menos, no lo hace para todos. A la mañana siguiente, abrió los ojos y todo siguió a oscuras, trató de recordar si, a consecuencia del maldito Cierzo, habría echado el postigo de las contraventanas de la casa. Sin apenas tropiezos, llegó a la ventana de su dormitorio, la abrió y trató de empujar hacia fuera el panel de madera, pero no tocó nada, salvo un aire frío e incómodo. Logró llegar hasta el baño, golpeándose más con su propio aturullamiento que con los escasos muebles con los que contaba la vivienda. Llenó la palangana de agua y se frotó los ojos. Nada. La nada absoluta y, por una vez en su vida, sintió el desmedido peso de la soledad.

De golpe le soliviantó el susurro de su nombre. Tenía la boca seca y pastosa y le costaba articular palabra, habría querido gritar un ¿quién anda ahí? o, al menos, un gruñido bravío de advertencia, pero antes de que pudiese tener una nueva oportunidad, el ventanal se abrió de golpe y penetró el ulular del viento frío del norte. Un siseo continuo y desaprobador, presagio de desgracias. Los gruesos muros de piedra parecían conformados por cavidades que aumentaban el retumbar del viento, la madera crujía lamentándose mientras se quebraba. Sentía la casa dar vueltas, como si bailase una danza macabra.

Creyente él, en sus cosas, pero creyente al fin, rezó a la Virgen. Sintió la humedad en su piel, la escarcha en sus venas, lo ateridas que estaban sus extremidades y, aun así, quiso presentar batalla, o al menos recobrar la dignidad de quien, habiendo errado mucho, poco tenía de lo que arrepentirse; así que trató de llegar hasta el portón de la bodega soterrada.

Se hallaba totalmente desorientado, incapaz de discernir entre izquierda y derecha. Se dio de bruces contra una pared, se golpeó las espinillas, tropezó y cayó sobre el frío suelo. Se arrastró, gateó y porfió con ahínco, mientras el viento lo zarandeaba tan pronto lo sentía erguirse. Un vendaval de locura, un rugido de desasosiego, un continuo rechinar de goznes, de crujir de puertas y ventanas, interrumpidos de vez en cuando por el estallido de vidrios rotos.

Pero por fin había llegado. No sabía cómo, perdido en su propia casa. Pero la trampilla estaba ahí, la sentía, podía aferrar su cerrojo oxidado. Una pequeña risa fúnebre se le dibujó en la palidez de su rostro mortecino, ¿y si no tuviese fuerzas para abrirla? Sus manos entumecidas y con artritis las sentía retorcidas como los troncos de esos majuelos que plantó su padre donde no crecía nada. El viento parecía empeñado en desasirle y arrancarle cualquier idea de la cabeza, atronando cada vez con más fuerza, como si le molestase que el viejo no cejase en su empeño de creerse junco.

Al primer empujón el pestillo cedió, tanteando las paredes bajó lentamente la hilera de empinados escalones El viento pareció huir volando, lejano ya su estruendo y alboroto.

El viejo vio en su mente una mesa de piedra, recordó los troncos apoyados en las paredes a modo de bancos y, tan pronto su corazón se ralentizó, un aroma familiar le embriagó. Era el olor de la madera envinada, de la humedad y los hongos, de tantos recuerdos de su vida. Encontró un cazo, abrió el grifo del tonel y se llevó el vino, añejado desde quién sabe cuándo, a la nariz.

Era un vino recio, como él, muy viejo y cansado, se imaginó que habría perdido color. Había vivido tiempos mejores, pero su aposento de duelas distaba de ser un féretro. El vino estaba todavía vivo. Olía a desván, a lana mojada y ebanistería como de banco de iglesia, mezclado con incienso. En boca le reconfortó, le pareció de primeras amargo y algo corto, pero al tercer sorbo se expandió por su boca llevando calor desde su cabeza a sus pies.

Un chisporroteante entusiasmo le recorrió el cuerpo, hasta que lo atajó con recuerdos de vejez, ceguera y soledad.

¡De pronto le sobresaltó un pálpito! ¿Qué vieja barrica era aquella? No quería creerlo, pero temió que fuese la que contenía el último vino que elaboró su padre. Aquella que nunca quiso, ni se atrevió a abrir. Un nubarrón de profunda negrura le nubló el pensamiento y en su corazón sintió el lacerante pinchazo de su profanación.

De manera totalmente autómata, ensimismado como se hallaba, pegó otro trago. Y con la inmediatez de un relámpago, la luz se hizo y todo cobró sentido y su mente por fin se apaciguó. Vio su vida reflejada en una bebida en la que había mucho de su padre, al igual que en él. El resultado de la fermentación de experiencias, recuerdos y añoranzas, conformado por un paisaje vital, labrado por las personas con las que había convivido. Y se aprestó a consumir ese vino, al igual que lo hacía su vida. Porque el vino era él.

PS: Los fotogramas pertenecen a la obras maestras de Victor Sjöström ‘El Viento’ (1928 ) y ‘La carreta fantasma’ (1921)

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